norberto pannone, argentina
"LOS REPRESORES"
Escribe: Norberto Pannone
Los hombres cavaban una fosa. Eran más de diez. Trece, con exactitud. Era una tarde otoñal. Llovía con lentitud. En el cielo, aún quedaban migajas de luminosidad. Una brisa, cargada de humedad, transitaba entre los álamos, que empezaban a vestirse de noche, y se extendía sobre los campos y sobre el pasaje fofo. A lo lejos, la ciudad se dormía en las sombras, casi sin luces. El silencio crepuscular pesaba sobre los hombres que, con movimientos fatigosos, hundían las palas en el piso barroso, sacaban la tierra gredosa y se inclinaban con los ojos turbios hacia la fosa, agrandada a cada instante. A pocos metros, las aguas del arroyo, mudas de miedo, corrían apresuradas en busca del sudeste. A veces, uno de ellos, presa del vértigo, quedaba inmóvil, aspiraba profundamente el hálito nocturno, o fijaba en la llanura una ojeada de animal perdido. Entonces, los soldados que custodiaban el grupo, deseosos de volver al cuartel para la hora de la cena, se aproximaban y, brutalmente, le empujaban a culatazos. Sin darse vuelta, el hombre volvía inconscientemente a su trabajo. A algunos pasos de distancia, sentado sobre el borde de un declive, con el FAL sobre las rodillas, fumaba un robusto y oscuro uniformado. Tenía un aire indolente, ajeno a la acción. Era el verdugo. Su mano, de uñas chatas y dedos nudosos y groseros, retenía con fuerza el brazo de un niño que temblaba pavorosamente. Cuando hubo terminado su cigarrillo, escupió, miró al pequeño y levantó sus hombros: - No trates de huir, imbécil – le dijo. – No hay nada que hacer. No abandones a tu padre en este momento. Parece que no tienes espíritu de familia. El verdugo miro hacia los soldados, alzando la mandíbula con soberbia, pero estos no se dieron por enterados del gesto. Nadie esbozó una respuesta. Entre los condenados hubo un hombre que interrumpió su tarea, sofocado, pues lo que cavaba era su tumba y la de su hijo. Con voz destemplada, excitada, gritó: - No lo vas a matar, ¿verdad? ¡Tu sabes que un chico no conspira!... ¡Hijo de puta! Un golpe de culata en pleno rostro le estorbó la puteada. Una espuma roja brotó de su boca y de su nariz. Cayó. A la vista de la sangre, los ojos del verdugo, tranquilos hasta entonces, se entornaron y su boca se contrajo. Se levantó, empujó al chico hacia el grupo, y dijo: - Está bien hondo el hoyo. Basta de cavar. Los condenados se detuvieron. La orden les sorprendió. Era el fin del trabajo, de la vida. Se oyó que uno de ellos sollozaba. Otro dijo lentamente, con una sonrisa extática de loco: - Hermanos, la luz se va a acabar. ¡Miremos la hermosa luz! ¡Viva la Libertad!!! Rápidamente, los soldados los alinearon en una fila, inclinados hacia la tumba fraternal y abierta; como el muchacho se debatía, una mano pesada lo tiró de rodillas. Y el verdugo, metódicamente, uno después del otro, ejecutó a los insurgentes con un disparo de pistola en la nuca. Los cuerpos rodaban y se mezclaban en la tierra abierta. Cuando todo terminó, el verdugo caminó hasta el jeep e informó por su radio. Luego, volvió con sus hombres taciturnos hacia la base, oscura y muda.
Allá a lo lejos, en una casa de madera, de un piso, una mujer de cierta edad y una jovencita se hallaban sentadas a la mesa. La penumbra, borrando sus rasgos, dejaba una tenue claridad apenas suficiente para permitir sus movimientos, pero no deseaban encender la luz, queriendo, por un tácito acuerdo, retardar el momento en que, de miedo, se leería en sus rostros la inquietud que les atormentaba. La sombra era como una tregua a su dolor y alrededor de su velo sus voces alteradas podían forzarse en conversaciones dife-rentes. Comían lentamente una especie de guiso hecho con trozos de carne de oveja y abundante fideos “Dedalitos” con mucho tuco hecho de tomates enlatados, que acompañaban con pan negro. Algunas manzanas, en una frutera de madera, atrayendo los últimos reflejos, brillaban débilmente. - Los días se acortan, ¿verdad mamá? – Preguntó la joven. - Puede ser. No sé. No me di cuenta. Se callaron. Ambas sentían anudada la garganta. No habían aun terminado la cena, cuando llamaron a la puerta. Instintivamente, con ademanes de avaro, las dos mujeres fueron a esconder las frutas y la cacerola, donde quedaba un resto espeso con algunos fideos. Después, abrieron. Una alta silueta delgada entró. A pesar de la oscuridad, la reconocieron. Era la Rosa, una pobre vieja, una prima, que, algunos meses atrás, vivía allí en tren de economías. Había partido un día, bruscamente, con el pretexto de que no quería ser una carga para sus parientes. En el pueblo, donde, a pesar del terror, existía una aguda curiosidad, la vuelta de la Rosa sorprendió a todos, pues en su rostro marchito había una expresión nueva, mezcla singular de superioridad, de tensión y de inquietud. Se creía que se ocupaba de especulaciones secretas o que había agradado a un nuevo rico, seducido por sus maneras y su educación. - Buenas noches Mercedes – dijo la vieja con cierto tono de respeto. – Buenas noches querida niña – agregó. Las mujeres contestaron con algunas palabras de bienvenida y Mercedes propuso: - Vayan a mi cuarto. Voy a levantar la mesa. Enseguida iré a reunirme con ustedes. Quería quedarse sola. Se sentía sin fuerzas para hablar. Atormentada por la angustia desde la tarde en que habían desaparecido su marido y su hijo. Cuando llegaron al cuarto, Rosa preguntó: - Y bien ¿hay noticias, mi pobre pequeña? Ninguna, y hace ocho días que se llevaron a papá y a Carlitos. - Me han dicho – dijo la vieja – que acusan a tu padre de subversivo, de haber manejado documentación peligrosa para el gobierno y, encima, ha involucrado al chico. Olga apretó los labios para ahogar un gemido, pues percibió en la acusación que profirió Rosa el propio perfil de la muerte. Rompiendo el silencio que se extendió, oyeron que abajo chirriaba el cerrojo y luego un grito sordo de Mercedes Quezada. La joven y Rosa descendieron rápidamente, pero encontraron el comedor vacío. Un rumor de palabras confusas venía de la pieza contigua, cuya puerta se hallaba entreabierta. Era completamente de noche y ellas no podían distinguir con quien hablaba Mercedes Quezada. Esta salió, cerró la puerta febrilmente, y se colocó delante como para impedir el paso. - ¿Qué pasa? – preguntó Rosa. Mercedes respondió con vos baja, ronca, salvaje: -Nada, absolutamente nada. Estoy muy nerviosa. Un borracho quiso entrar. Eso me dio un ataque de nervios. Buenas noches, Rosa. Quiero ir a acostarme. Olga también está cansada. Buenas noches. La vieja, sin decir palabra, besó a sus parientes y se fue. Cerca de la puerta, Mercedes Quezada, escuchó los pasos que se alejaban. Entonces, echó el cerrojo y dijo al oído de su hija: - Pronto, trae luz y un trapo mojado. Carlitos está aquí. Olga volvió con una lámpara que temblaba en sus manos y que estuvo a punto de caer cuando en el fondo de la pieza, vio a su hermano acostado en el sillón. Estaba cubierto de púrpura sombría; del cuello, húmedo y desfalleciente, hilillos oscuros de sangre manaban como de un lago inagotable. Provenían de la nuca rota, que sin cesar vomitaba una sangre espesa. Mercedes Quezada lavaba dulcemente la herida, murmu-rando palabras sin sentido. Maldiciendo su impotencia con dolor y desesperación: - Un niño, hacer esto a un niño… Olga cayó de rodillas cerca del sillón y estrechó las manos de su hermano gimiendo: - Carlos, mi pequeñito, ¿qué tienes? ¿Quién te ha hecho esto? El niño la miró con sus ojos huraños y miserables; quiso hablar, pero un gruñido horrible salió de su garganta, mientras que una espuma escarlata se escapaba de sus labios. - ¡Mi Dios, tiene la lengua cortada! – gimió la joven. – Pero, ¿y papá entonces? Mercedes hizo un gesto desesperado. Olga cerró los ojos para no ver el rostro del pequeño, pero en sus parpados cerrados, contra su voluntad, vio la escena terrible: la ejecución, el despertar del niño entre los cadáveres tibios y pegajosos aún, la vuelta a la casa, la fiebre, la sangre, la agonía. Sin fuerzas, inmóvil, veía a Mercedes Quezada que atendía a su hermano.
Rosa caminaba rápidamente por las calles oscuras. De vez en cuando oía los pasos o las putiadas de una patrulla o escuchaba el ronronear del motor de algún coche con vidrios polarizados, únicos rumores que hablaban de existencia humana en la ciudad dormida. Pero la vieja no sentía el miedo que la noche parecía distribuir entre las casas cerradas, de ventanas ciegas. Al contrario, respiraba con una extraña voluptuosidad la atmósfera de ese pueble vacío, sobre el cual, la luna grotesca, manoseando las nubes, esparcía una trágica claridad y su paso golpeaba alegremente la vereda desigual. No entró en su casa. Tomando por la avenida bordeada de tilos amarillentos, se dirigió hacia el antiguo gimnasio, gran edificio recientemente revocado y pintado de gris claro, cuyas negras ventanas no dejaban filtrar la luz. Un hombre vestido de traje negro, cuidaba la entrada, perezosamente recostado en la pared. Rosa le murmuró algunas palabras y la dejo pasar. Subió al piso de las “informaciones” y penetró en un pequeño gabinete lleno de fichas y fotografías. Allí, todas las noches, disponía de los destinos humanos. Desde que se hizo cargo del puesto, los modales de la vieja cambiaron notablemente. Irguió con soberbia su escaso busto. Se hubiera dicho que una luz bravía, salía de las profundidades de su ser, modificaba su rostro y lo esculpía duramente. En sus ojos brilló repentinamente un ardor fijo: la boca se estiró como un hilo tendido, las manos huesudas hurgaron en los papeles esparcidos, con la fiebre malsana que tienen los dedos del avaro. Torpemente, en un gesto descuidado, hizo caer al piso el libro de Juan XXIII (el de las profecías) que yacía al azar sobre el borde del escritorio. Entre algunos papeles se veían también, escritos a máquina, los textos de algunas obras de teatro. Y Rosa, de golpe, perdió todo su encogimiento de vieja pobre. En su oficina, donde, árbitro de la vida y de la muerte, tenía en sus manos el destino de las personas que hasta ignoraban su existencia, la silueta rígida de la Rosa tenía algo de la grandeza sombría de la Parca. Entrecerró los ojos, inflada por la satisfacción que le procuraba cada noche la conciencia de su poder. No le agradaba su tarea de informadora del Estado por el bienestar que le producía, sino por la revancha que podía tomarse de su miserable existencia de pariente pobre, condenada a vivir del favor de la familia. Con los ojos en acecho y el espíritu alerta, vivía en una exaltación permanente, a la cual se añadía una especie de placer sensual. Todo sentimiento humanitario había huido de ella, para hacer lugar a un instinto ávido de cazadora de hombres. Se puso a clasificar sus informes. Cuando hubo terminado, llamó al hombre de guardia. Dile a Simón que tengo que hablarle. - Ve tú, Simón ha terminado su interrogatorio. Cuando Rosa se presentó en el despacho del jefe, salía un guardia arrastrando un cuerpo inerte. En la pieza estaba un hombre de pequeña talla: su cuello era grueso, sus ojos inyectados en sangre, sus puños, enormes. - Un idiota que no quería hablar - dijo, levantando los hombros. – ¿Un poco de café?, Rosa? - Con mucho gusto- Contestó la mujer. Se instalaron delante de la vasta mesa del jefe, repleta de papeles y de billetes de banco, manchada de café, de ceniza y de sangre seca. Simón ofreció a la vieja una taza de café con crema y pan blanco. Ella le dio los informes con claridad, precisión y método. Después preguntó: - Sabes si los Cabrera padre e hijo, han sido ejecutados? - Si, anoche. Con la lista 16. - Me lo imaginaba – dijo Rosa – Sin duda, mañana tendré novedades. Me hace falta un hombre. Después de la aprobación del jefe, se separaron. Y justo en el momento en que la aurora abría sus ojos frescos sobre el pueblo, la vieja y el jefe, cada uno por su lado, trabajaban febrilmente en la casa, silenciosa pero llena de sufrimientos sordos, y cuyos sótanos estaban poblados por larvas humanas angustiadas y estremecidas.
Mercedes Quezada y Olga velaron toda la noche junto al niño que no podía dormir y que en su impotencia de pronunciar una palabra demostraba toda la angustia con sus ojos. Cuando amaneció y la vida parsimoniosa corrió a través del pueblo como un hilo miserable de sangre, la madre dijo a la hija: - Necesitamos un médico. - ¿Qué? – preguntó Olga. Había unos cuantos, pero ninguno de ellos inspiraba confianza. La represión les había relevado del secreto profesional; y la delación les había corrompido a todos. Las dos mujeres reflexionaron largo tiempo, evaluando su discreción, su conciencia. Por fin se decidieron por el más anciano, un buen hombre que había atendido a Mercedes en su infancia y cuya honestidad era más sólida que su saber. La joven le encontró en la vieja casa que habitaba con su mujer. Delante de esta, Olga no se atrevió a declarar el motivo que le llevaba allí, y dijo al médico que le necesitaba para su madre, que sufría de insomnio. Cuando el viejo facultativo fue introducido en la pieza donde yacía el chico, no comprendió nada, pero al ver la herida horrible, se detuvo y murmuró turbado: - ¿Qué le pasa? Me engañaste Olga. La madre con palabras entrecortadas, contó la verdad. Mientras hablaba, un terror animal descomponía el semblante del viejo. Sus mejillas temblaban y un sudor frío invadió su calva. Balbuceó: - No puedo mezclarme en esto. Es la muerte, si llega a saberse… Y se sabrá… No, no; me voy. - Vamos, Doctor – imploró Mercedes. – al menos, mírelo. Puesto que está aquí, diga lo que hay que hacer… - No, me voy. No puedo. Doctor, una palabra, una sola – dijo la desventurada, aproximándose a él. – Compresas frías, ¿son buenas?... - No sé, no sé… Sí. - No duerme, el pobrecito: Déme algo… - Toma esta ampolla de Morfina. Úsala con mucho cuidado y en muy pequeñas dosis. Es lo único que me han dejado en el consultorio. No me explico como no la vieron. La había traído para vos. Dos gotas a la noche. Adiós, Mercedes. Perdón, tu me vas a comprender, esto es la muerte para mí. Mi mujer esta tan vieja… Balbuceando excusas, con las piernas flojas, salió sin siquiera echar una mirada sobre el chico herido. Al salir, se encontró con Rosa. La vieja, impasible, no demostró la alegría del cazador que encuentra el indicio de una pista, pero por su cerebro pasó este pensamiento: Este estará en mis fichas esta noche. - Sobre el umbral notó grandes manchas de un tono rojizo que la escarcha no había podido lavar, y murmuró: - La ejecución de ayer noche, la emoción de Mercedes, el médico, los rastros de sangre. No tengo necesidad de entrar.
Horas más tarde, al querer Olga ir al centro del pueblo, encontró delante de la puerta un robusto individuo vestido de traje negro que la tomó por los hombros, la hizo dar vuelta bruscamente y le gritó: -No se pasa, pendeja! La joven se metió en la casa con las rodillas flojas y cayó sobre el piso, gimiendo. No tenía fuerzas para luchar; algo de trágico velaba sus ojos y su cerebro. Con voz infantil comenzó a gemir en un tono lamentable: - ¡Mamá, mamá¡ Mercedes Quezada, al ver a su hija, comprendió que la última esperanza se desvanecía. En su pecho escuálido le pareció sentir el latido, disminuido y arrítmico de su corazón. Olga le dijo: -Hay un policía en el umbral, mamá. No puedo más. Me vuelvo loca. - Voy a ver – dijo la madre. Abrió la puerta resueltamente, miró al hombre, tratando de descubrir como podría hacerlo hablar. Una seguridad intuitiva, nacida de su desesperación y de su amor, iluminó su cerebro. ¿La piedad? No… Esos fríos ojos grises habían visto demasiados semblantes descompuestos por la desesperación para conmoverse. ¿El interés?... Sin duda. La boca era codiciosa y la frente estrecha. Mercedes Quezada, con voz sorda, le habló decididamente: -¿Por qué está acá? Si me lo dice, tendrá dos grandes cruces de oro. El hombre echó una mirada a su alrededor investigando los alrededores y murmuró: - Déme - La madre sacó del cuello de Olga, aún abatida el símbolo sagrado, se despojó del suyo y los entregó al miserable hombretón. Entonces, este explicó, indiferente y breve: - Parecen que ustedes tienen a un escapado. El jefe lo detendrá esta noche. Se lo llevará al hospital y, una vez curado, al hoyo. - La calle, tal como el rayo de una rueda inmensa, giró delante de los ojos de Mercedes Quezada; se apoyo en la pared, casi desvanecida. Pero el policía la empujó, rezongando, hacia el interior: - Se trata de no desmayarse aquí. Olga había vuelto en sí, penosamente, y su boca emitía palabras atroces. - Lo encerraran de nuevo. Lo curarán. Irán al hospital todo los días para saber como sigue… le palparan las manos cuya sangre aún se ha secado, como un animal que se engorda para comer… Y él sabrá. El volverá a hacer el mismo camino. Volverá a ver la fosa, revivirá las horas inhumanas… - Mercedes Quezada escuchaba a su hija con gran atención. No parecía conmovida por esta letanía que describía por adelantado el martirio de su hijo. Se diría, al contrario, que ella le daba, coraje, fuerza. Y cuando Olga, agotada, se calló, la madre se le acercó, acarició sus cabellos con gesto lento y le dijo, extrañamente serena: - No temas, querida. No le harán nada. Fue a sentarse a la cabecera del pequeño, que le miraba ansiosamente, asustado por los rumores y los ruidos que llegaban hasta él. La mirada de su madre llegó hasta él, libre de toda inquietud. Ella le habló. Cambió luego las vendas para refrescar la herida abrasadora, poniendo en sus cuidados algo más grande y más bello que el propio amor maternal, algo divino y terrible a la vez. Mientras tanto, minuto a minuto, el sol circulaba inexorable-mente por su pálida ruta. Cuando el crepúsculo mostró, a través de las ventanas, su rostro melancólico, dijo con ternura conmovida: - Es necesario dormir, pequeño. El doctor me ha dejado una medicina para ti. Voy a prepararla. - Se levantó, y en una taza vertió la ampolla de morfina toda entera. Pero antes de dar al niño el brebaje mortal, una suprema debilidad la asaltó. Le pareció ver una esperanza insensata. Atravesó la pieza donde Olga, con la cabeza entre sus manos, permanecía petrificada y entreabrió la puerta. El policía estaba siempre allí, fumando. Entonces, Mercedes Quezada no vaciló más. Volvió al cuarto del chico, se inclinó sobre él, besó sus parpados con una extremada dulzura, desgarrada, infinita y le ayudó a beber… Después, indiferente, esperó la llegada de los de los represores.
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Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 7:35, Categoría: cuento
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