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11 de Octubre, 2005


santos vergara, oran-salta. argentina

EL PERRO

 

   Dejamos la fiesta en su plenitud. Afuera la noche era inmensa y gratificante. Las paredes parecían flotar en la oscuridad. Hasta nosotros llegaban los retazos de música, la caótica alegría de los otros. Las flores de tus trenzas me guiaban. Ibas adelante, como una sombra entre las sombras, por un camino en pendiente que sólo tus pies conocían. Lejos quedaba el tajo de luz por donde nuestros cuerpos habían escapado. ¡Cómo lloraban los erkes sobre el pueblo dormido! Alrededor se alzaban los cerros como catedrales fantasmales. Yo iba aferrado al hilo de tu risa, ascendiendo hacia un cielo sin estrellas, buscando el espacio donde pudiéramos desatar toda nuestra ternura. Pero nos detuvo el ladrido de un perro en la ladera, la voz que pronunció tu nombre. De pronto tus manos rozaron apenas mi rostro, como leves mariposas en fuga. Quise atraparlas, pero solamente conseguí un susurro: “¡mañana!”, y tus alas se hundieron en la noche.

   Dolorosa fue la tarea de descifrar el camino de regreso. Todavía lastima mi memoria el llanto desconsolado de un perro.

 

Santos Vergara

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 15:38, Categoría: cuento
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poesia y globalizacion, venezuela

Pie de Página es un grupo literario de Maracay en el que estoy un poco de forma tangencial, aunque me encantaría disponer de más tiempo para participar en más de sus inventos. En el pasado han hecho tomas de la Casa de la Cultura de la llamada Ciudad Jardín de Venezuela, en eventos que genéricamente han sido llamados “Casa tomada”, pues el primero de ellos se hizo en homenaje al Cronopio Mayor.
El nuevo invento de Pie de Página es un coloquio sobre poesía y globalización, en el marco del IV Encuentro Internacional de Poesía de la Universidad de Carabobo, que se desarrolla actualmente. La cosa es este viernes 14, a las 9 de la mañana, en la Biblioteca Augusto Padrón de la Alcaldía de Maracay, sitio donde ya he estado leyendo poesía y asistiendo a
los bautizos que los amigos les preparan a sus libros. Allí estaremos el poeta y músico Luis Felipe Bellorín Neda y este servidor.
He previsto una exposición sobre los alcances de la difusión de literatura en Internet, tema que, quizás se han dado cuenta, me apasiona. Por supuesto, también hablaré de blogs, así que espero ver por allá a algunos blogueros haciendo barra.

http://jorgeletralia.blogsome.com/2005/10/10/poesia-y-globalizacion/

Jorge Gómez Jiménez

elprimerfuego] Poesía y globalización

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 15:16, Categoría: General
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cambalache

Cambalache

Letra: Enrique Santos Discépolo
Música: Enrique Santos Discépolo 
( 1935)

Que el mundo fue y será 
una porquería, ya lo sé.
En el quinientos seis
y en el dos mil, también;
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
barones y dublés.
Pero que el siglo veinte
es un despliegue 
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos.

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro
generoso o estafador...
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, Rey de Bastos,
caradura o polizón.

¡Que falta de respeto,
qué atropello a larazón!
cualquiera es un señor,
cualquiera es un ladrón...
Mezclao con Stravisky
va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera
irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia
junto al calefón.

Siglo veinte, cambalache
problemático y febril...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
¡Dale, nomás...!
¡Dale, que va...!
¡Que allá en el Horno
nos vamo´a encontrar...!
No pienses más; sentate a un lao,
que a nadie importa si naciste honrao...
Es lo mismo el que labura 
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura,
o está fuera de la ley.

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 7:51, Categoría: tangos
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ana maria fernandez, argentina

1.-   LABERINTO DE DESAFÍOS

                              

                                      (Como un ruego)

 

Los blancos dedos de quebradas decisiones

se extienden como ruegos de coraje ausente.

Quebrados en camino

con la opaca voluntad de sentirse casi inertes.

En su interior hay gemas de futuro

a la espera de reventar en miel coraje.

Está en suspenso

vistiendo su ropaje blanco de esperanzas

en el paralizado pozo de tormentos.

Su voz es muda

sus ojos están yermos.

Los atrapó el cansancio de una noche

que se instaló en su ser

tragando su lucero.

Pero todo está en él,

navegando en su mar de indecisiones,

esperando que un rojo salvavida

le acomode los rumbos

lo rescate de esa marea en parálisis.

¿Qué espera?

¿Qué su juicio se enclave en oxidada cadena?

‘el tiene sangre de vencedor

piel de triunfo.

¡Sólo basta que se vista de coraje y se atreva!

 

 

 

 

“un atardecer en ruego por los que no se atreven”

 

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 7:47, Categoría: poesia
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malevaje

Malevaje

Letra: Enrique Santos Discépolo
Música: Juan De Dios Filiberto
(1929)

Decí , por Díos qué me has dao
Que estoy tan cambiao,
No sé más quien soy...!
El malevaje extraño,
Me mira sin comprender.
Me ve perdiendo el cartel
De guapo, que ayer
Brillaba en la acción.
¡No ves que estoy embretao,
vencido y maniao
en tu corazón...!

Te vi pasar, tangueando altanera,
Con un compás tan honda y sensual
Que no fue más que verte y perder
La fe, el coraje y el ansia e´guapear...
No me has dejao ni el pucho en la oreja 
De aquel pasao malevo y feroz.
¡Ya no me falta , pa´ completar,
más que ir a misa e hincarme a rezar...!
ayer , de miedo a matar,
en vez de pelear 
me puse a correr...
Me vi a la sombra o finao...
Pensé en noverte y temblé ... 
¡Si  yo, que nunca aflojé,
de noche angustiao
me encierro a llorar...! 
¡Decí, por Dios, que me has dao
que estoy tan cambiao,
no sé más quién soy...! 

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 7:46, Categoría: tangos
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norberto pannone, argentina

"LOS REPRESORES"

Escribe: Norberto Pannone

 Los hombres cavaban una fosa. Eran más de diez.
Trece, con exactitud.
Era una tarde otoñal. Llovía con lentitud. En el
cielo, aún quedaban migajas de luminosidad. Una brisa,
cargada de humedad, transitaba entre los álamos, que
empezaban a vestirse de noche, y se extendía sobre los
campos y sobre el pasaje fofo. A lo lejos, la ciudad
se dormía en las sombras, casi sin luces.
El silencio crepuscular pesaba sobre los hombres que,
con movimientos fatigosos, hundían las palas en el
piso barroso, sacaban la tierra gredosa y se
inclinaban con los ojos turbios hacia la fosa,
agrandada a cada instante. A pocos metros, las aguas
del arroyo, mudas de miedo, corrían apresuradas en
busca del sudeste.
A veces, uno de ellos, presa del vértigo, quedaba
inmóvil, aspiraba profundamente el hálito nocturno, o
fijaba en la llanura una ojeada de animal perdido.
Entonces, los soldados que custodiaban el grupo,
deseosos de volver al cuartel para la hora de la cena,
se aproximaban y, brutalmente, le empujaban a
culatazos. Sin darse vuelta, el hombre volvía
inconscientemente a su trabajo. A algunos pasos de
distancia, sentado sobre el borde de un declive, con
el FAL sobre las rodillas, fumaba un robusto y oscuro
uniformado. Tenía un aire indolente, ajeno a la
acción. Era el verdugo.
Su mano, de uñas chatas y dedos nudosos y groseros,
retenía con fuerza el brazo de un niño que temblaba
pavorosamente. Cuando hubo terminado su cigarrillo,
escupió, miró al pequeño y levantó sus hombros: - No
trates de huir, imbécil – le dijo. – No hay nada que
hacer. No abandones a tu padre en este momento. Parece
que no tienes espíritu de familia.
El verdugo miro hacia los soldados, alzando la
mandíbula con soberbia, pero estos no se dieron por
enterados del gesto. Nadie esbozó una respuesta. Entre
los condenados hubo un hombre que interrumpió su
tarea, sofocado, pues lo que cavaba era su tumba y la
de su hijo. Con voz destemplada, excitada, gritó: - No
lo vas a matar, ¿verdad? ¡Tu sabes que un chico no
conspira!...  ¡Hijo de puta! Un golpe de culata en
pleno rostro le estorbó la puteada. Una espuma roja
brotó de su boca y de su nariz. Cayó. A la vista de la
sangre, los ojos del verdugo, tranquilos hasta
entonces, se entornaron y su boca se contrajo. Se
levantó, empujó al chico hacia el grupo, y dijo:
- Está bien hondo el hoyo. Basta de cavar.
Los condenados se detuvieron. La orden les
sorprendió. Era el fin del trabajo, de la vida. Se oyó
que uno de ellos sollozaba. Otro dijo lentamente, con
una sonrisa extática de loco: - Hermanos, la luz se va
a acabar. ¡Miremos la hermosa luz! ¡Viva la
Libertad!!!
Rápidamente, los soldados los alinearon en una fila,
inclinados hacia la tumba fraternal y abierta; como el
muchacho se debatía, una mano pesada lo tiró de
rodillas. Y el verdugo, metódicamente, uno después del
otro, ejecutó a los insurgentes con un disparo de
pistola en la nuca. Los cuerpos rodaban y se mezclaban
en la tierra abierta. Cuando todo terminó, el verdugo
caminó hasta el jeep e informó por su radio. Luego,
volvió con sus hombres taciturnos hacia la base,
oscura y muda.

Allá a lo lejos, en una casa de madera, de un piso,
una mujer de cierta edad y una jovencita se hallaban
sentadas a la mesa. La penumbra, borrando sus rasgos,
dejaba una tenue claridad apenas suficiente para
permitir sus movimientos, pero no deseaban encender la
luz, queriendo, por un tácito acuerdo, retardar el
momento en que, de miedo, se leería en sus rostros la
inquietud que les atormentaba.
La sombra era como una tregua a su dolor y alrededor
de su velo sus voces alteradas podían forzarse en
conversaciones dife-rentes.
Comían lentamente una especie de guiso hecho con
trozos de carne de oveja y abundante fideos
“Dedalitos” con mucho tuco  hecho de tomates
enlatados, que acompañaban con  pan negro. Algunas
manzanas, en una frutera de madera, atrayendo los
últimos reflejos, brillaban débilmente.
- Los días se acortan, ¿verdad mamá? – Preguntó la
joven.
- Puede ser. No sé. No me di cuenta.
Se callaron. Ambas sentían anudada la garganta.
No habían aun terminado la cena, cuando llamaron a la
puerta. Instintivamente, con ademanes de avaro, las
dos mujeres fueron a esconder las frutas y la
cacerola, donde quedaba un resto espeso con algunos
fideos. Después, abrieron. Una alta silueta delgada
entró. A pesar de la oscuridad, la reconocieron.
Era la Rosa, una pobre vieja, una prima, que, algunos
meses atrás, vivía allí en tren de economías. Había
partido un día, bruscamente, con el pretexto de que no
quería ser una carga para sus parientes. En el pueblo,
donde, a pesar del terror, existía una aguda
curiosidad, la vuelta de la Rosa sorprendió a todos,
pues en su rostro marchito había una expresión nueva,
mezcla singular de superioridad, de tensión y de
inquietud. Se creía que se ocupaba de especulaciones
secretas o que había agradado a un nuevo rico,
seducido por sus maneras y su educación.
- Buenas noches Mercedes – dijo la vieja con cierto
tono de respeto. – Buenas noches querida niña –
agregó.
Las mujeres contestaron con algunas palabras de
bienvenida y Mercedes propuso:
- Vayan a mi cuarto. Voy a levantar la mesa.
Enseguida iré a reunirme con ustedes.
Quería quedarse sola. Se sentía sin fuerzas para
hablar. Atormentada por la angustia desde la tarde en
que habían desaparecido su marido y su hijo.
Cuando llegaron al cuarto, Rosa preguntó:
         - Y bien ¿hay noticias, mi pobre pequeña?
Ninguna, y hace ocho días  que se llevaron a papá y a
Carlitos.
- Me han dicho – dijo la vieja – que acusan a tu
padre de subversivo, de haber manejado documentación
peligrosa para el gobierno y, encima, ha involucrado
al chico.
Olga apretó los labios para ahogar un gemido, pues
percibió en la acusación que profirió Rosa el propio
perfil de la muerte.
Rompiendo el silencio que se extendió, oyeron que
abajo chirriaba el cerrojo y luego un grito sordo de
Mercedes Quezada. La joven y Rosa descendieron
rápidamente, pero encontraron el comedor vacío. Un
rumor de palabras confusas venía de la pieza contigua,
cuya puerta se hallaba entreabierta. Era completamente
de noche y ellas no podían distinguir con quien
hablaba Mercedes Quezada. Esta salió, cerró la puerta
febrilmente, y se colocó delante como para impedir el
paso.
- ¿Qué pasa? – preguntó  Rosa.
Mercedes respondió con vos baja, ronca, salvaje:
-Nada, absolutamente nada. Estoy muy nerviosa. Un
borracho quiso entrar. Eso me dio un ataque de
nervios. Buenas noches, Rosa. Quiero ir a acostarme.
Olga también está cansada. Buenas noches.
La vieja, sin decir palabra, besó a sus parientes y
se fue.
Cerca de la puerta, Mercedes Quezada, escuchó los
pasos que se alejaban. Entonces,  echó el cerrojo y
dijo al oído de su hija:
- Pronto, trae luz y un trapo mojado. Carlitos está
aquí.
Olga volvió con una lámpara que temblaba en sus manos
y que estuvo a punto de caer cuando en el fondo de la
pieza, vio a su hermano acostado en el sillón. Estaba
cubierto de púrpura sombría; del cuello, húmedo y
desfalleciente, hilillos oscuros de sangre manaban
como de un lago inagotable. Provenían de la nuca rota,
que sin cesar vomitaba una sangre espesa.
Mercedes Quezada lavaba dulcemente la herida,
murmu-rando palabras sin sentido. Maldiciendo su
impotencia con dolor y desesperación:
- Un niño, hacer esto a un niño…
Olga cayó de rodillas cerca del sillón y estrechó las
manos de su hermano gimiendo:
- Carlos, mi pequeñito, ¿qué tienes? ¿Quién te ha
hecho esto?
El niño la miró con sus ojos huraños y miserables;
quiso hablar, pero un gruñido horrible salió de su
garganta, mientras que una espuma escarlata se
escapaba de sus labios.
- ¡Mi Dios, tiene la lengua cortada! – gimió la
joven. – Pero, ¿y papá entonces?
Mercedes hizo un gesto desesperado. Olga cerró los
ojos para no ver el rostro del pequeño, pero en sus
parpados cerrados, contra  su voluntad, vio la escena
terrible: la ejecución, el despertar del niño entre
los cadáveres tibios y pegajosos aún, la vuelta a la
casa, la fiebre, la sangre, la agonía.
Sin fuerzas, inmóvil, veía a Mercedes Quezada que
atendía a su hermano.

Rosa caminaba rápidamente por las calles oscuras. De
vez en cuando oía los pasos o las putiadas de una
patrulla o escuchaba el ronronear del motor de algún
coche con vidrios polarizados, únicos rumores que
hablaban de existencia humana en la ciudad dormida.
Pero la vieja no sentía el miedo que la  noche parecía
distribuir entre las casas cerradas, de ventanas
ciegas. Al contrario, respiraba con una extraña
voluptuosidad la atmósfera de ese pueble vacío, sobre
el cual, la luna grotesca, manoseando las nubes,
esparcía una trágica claridad y su paso golpeaba
alegremente la vereda desigual.
No entró en su casa. Tomando por la avenida bordeada
de tilos amarillentos, se dirigió hacia el antiguo
gimnasio, gran edificio recientemente revocado y
pintado de gris claro, cuyas negras ventanas  no
dejaban filtrar la luz.
Un hombre vestido de traje negro, cuidaba la entrada,
perezosamente recostado en la pared. Rosa le murmuró
algunas palabras y la dejo pasar. Subió al piso de las
“informaciones” y penetró en un pequeño gabinete lleno
de fichas y fotografías.
Allí, todas las noches, disponía de los destinos
humanos.
Desde que se hizo cargo del puesto, los modales de la
vieja cambiaron notablemente. Irguió con soberbia su
escaso busto. Se hubiera dicho que una luz bravía,
salía de las profundidades de su ser, modificaba su
rostro y lo esculpía duramente. En sus ojos  brilló
repentinamente un ardor fijo: la boca se estiró como
un hilo tendido, las manos huesudas hurgaron en los
papeles esparcidos, con la fiebre malsana que tienen
los dedos del avaro. Torpemente, en un gesto
descuidado, hizo caer al piso el libro de Juan XXIII
(el de las profecías) que yacía al azar sobre el borde
del escritorio. Entre algunos papeles se veían
también, escritos a máquina, los textos de algunas
obras de teatro. Y Rosa, de golpe, perdió todo su
encogimiento de vieja pobre. En su oficina, donde,
árbitro de la vida y de la muerte, tenía en sus manos
el destino de las personas que hasta ignoraban su
existencia, la silueta rígida de la Rosa tenía algo de
la grandeza sombría de la Parca.
Entrecerró los ojos, inflada por la satisfacción que
le procuraba cada noche la conciencia de su poder. No
le agradaba su tarea de informadora del Estado por el
bienestar que le producía, sino por la revancha que
podía tomarse de su miserable existencia de pariente
pobre, condenada a vivir del favor de la familia.
Con los ojos en acecho y el espíritu alerta, vivía
en una exaltación permanente, a la cual se añadía una
especie de placer sensual. Todo sentimiento
humanitario había huido de ella, para hacer lugar a un
instinto ávido de cazadora de hombres.
Se puso a clasificar sus informes. Cuando hubo
terminado, llamó al hombre de guardia.
Dile a Simón que tengo que hablarle.
- Ve tú, Simón ha terminado su interrogatorio.
Cuando Rosa se presentó en el despacho del jefe,
salía un guardia arrastrando un cuerpo inerte.
En la pieza estaba un hombre de pequeña talla: su
cuello era grueso, sus ojos inyectados en sangre, sus
puños, enormes.
- Un idiota que no quería hablar - dijo, levantando
los hombros. – ¿Un poco de café?, Rosa?
- Con mucho gusto- Contestó la mujer.
Se instalaron delante de la vasta mesa del jefe,
repleta de papeles y de billetes de banco, manchada de
café, de ceniza y de sangre seca. Simón ofreció a la
vieja una taza de café con crema y pan blanco. Ella le
dio los informes con claridad, precisión y método.
Después preguntó:
- Sabes si los Cabrera padre e hijo, han sido
ejecutados?
- Si, anoche. Con la lista 16.
- Me lo imaginaba – dijo Rosa – Sin duda, mañana
tendré novedades. Me hace falta un hombre.
Después de la aprobación del jefe, se separaron.
Y justo en el momento en que la aurora abría sus ojos
frescos sobre el pueblo, la vieja y el jefe, cada uno
por su lado, trabajaban febrilmente en la casa,
silenciosa pero llena de sufrimientos sordos, y cuyos
sótanos estaban poblados por larvas humanas
angustiadas y estremecidas.

Mercedes Quezada y Olga velaron toda la noche junto
al niño que no podía dormir y que en su impotencia de
pronunciar una palabra demostraba toda la angustia con
sus ojos. Cuando amaneció y la vida parsimoniosa
corrió a través del pueblo como un hilo miserable de
sangre, la madre dijo a la hija:
- Necesitamos un médico.
- ¿Qué? – preguntó Olga.
Había unos cuantos, pero ninguno de ellos inspiraba
confianza. La represión les había relevado del secreto
profesional; y la delación les había corrompido a
todos.
Las dos mujeres reflexionaron largo tiempo, evaluando
su discreción, su conciencia. Por fin se decidieron
por el más anciano, un buen hombre que había atendido
a Mercedes en su infancia y cuya honestidad era más
sólida que su saber.
La joven le encontró en la vieja casa que habitaba
con su mujer. Delante de esta, Olga no se atrevió a
declarar el motivo que le llevaba allí, y dijo al
médico que le necesitaba para su madre, que sufría de
insomnio.
Cuando el viejo facultativo fue introducido en la
pieza donde yacía el chico, no comprendió nada, pero
al ver la herida horrible, se detuvo y murmuró
turbado:
- ¿Qué le pasa? Me engañaste Olga.
La madre con palabras entrecortadas, contó la verdad.
Mientras hablaba, un terror animal descomponía el
semblante del viejo. Sus mejillas temblaban y un sudor
frío invadió su calva. Balbuceó:
- No puedo mezclarme en esto. Es la muerte, si llega
a saberse… Y se sabrá… No, no; me voy.
- Vamos, Doctor – imploró Mercedes. – al menos,
mírelo. Puesto que está aquí, diga lo que hay que
hacer…
-  No, me voy. No puedo.
Doctor, una palabra, una sola – dijo la desventurada,
aproximándose a él. – Compresas frías, ¿son buenas?...
-  No sé, no sé… Sí.
-  No duerme, el pobrecito: Déme algo…
- Toma esta ampolla de Morfina. Úsala con mucho
cuidado y en muy pequeñas dosis. Es lo único que me
han dejado en el consultorio. No me explico como no la
vieron. La había traído para vos. Dos gotas a la
noche. Adiós, Mercedes. Perdón, tu me vas a
comprender, esto es la muerte para mí. Mi mujer esta
tan vieja…
Balbuceando excusas, con las piernas flojas, salió
sin siquiera echar una mirada sobre el chico herido.
Al salir, se encontró con Rosa. La vieja, impasible,
no demostró la alegría del cazador que encuentra el
indicio de una pista, pero por su cerebro pasó este
pensamiento:
Este estará en mis fichas esta noche.
- Sobre el umbral notó grandes manchas de un tono
rojizo que la escarcha no había podido lavar, y
murmuró:
- La ejecución de ayer noche, la emoción de Mercedes,
el médico, los rastros de sangre. No tengo necesidad
de entrar.

Horas más tarde, al querer Olga ir al centro del
pueblo, encontró delante de la puerta un robusto
individuo vestido de traje negro que la tomó por los
hombros, la hizo dar vuelta bruscamente y le gritó:
-No se pasa, pendeja!
La joven se metió en la casa con las rodillas flojas
y cayó sobre el piso, gimiendo. No tenía fuerzas para
luchar; algo de trágico velaba sus ojos y su cerebro.
Con voz infantil comenzó a gemir en un tono
lamentable:
- ¡Mamá, mamá¡
Mercedes Quezada, al ver a su hija, comprendió que la
última esperanza se desvanecía. En su pecho escuálido
le pareció sentir el latido, disminuido y arrítmico de
su corazón. Olga le dijo:
-Hay un policía en el umbral, mamá. No puedo más. Me
vuelvo loca.
- Voy a ver – dijo la madre.
Abrió la puerta resueltamente, miró al hombre,
tratando de descubrir como podría hacerlo hablar. Una
seguridad intuitiva, nacida de su desesperación y de
su amor, iluminó su cerebro. ¿La piedad? No… Esos
fríos ojos grises habían visto demasiados semblantes
descompuestos por la desesperación para conmoverse.
¿El interés?... Sin duda. La boca era codiciosa y la
frente estrecha. Mercedes Quezada, con voz sorda, le
habló decididamente:
-¿Por qué está acá? Si me lo dice, tendrá dos grandes
cruces de oro. El hombre echó una mirada a su
alrededor investigando los alrededores y murmuró:
- Déme
- La madre sacó del cuello de Olga, aún abatida el
símbolo sagrado, se despojó del suyo y los entregó al
miserable hombretón. Entonces, este explicó,
indiferente y breve:
- Parecen que ustedes tienen a un escapado. El jefe
lo detendrá esta noche. Se lo llevará al hospital y,
una vez curado, al hoyo.
- La calle, tal como el rayo de una rueda inmensa,
giró delante de los ojos de Mercedes Quezada; se apoyo
en la pared, casi desvanecida. Pero el policía la
empujó, rezongando, hacia el interior:
- Se trata de no desmayarse aquí.
Olga había vuelto en sí, penosamente, y su boca
emitía palabras atroces.
- Lo encerraran de nuevo. Lo curarán. Irán al
hospital todo los días para saber como sigue… le
palparan las manos cuya sangre aún se ha secado, como
un animal que se engorda para comer… Y él sabrá. El
volverá a hacer el mismo camino. Volverá a ver la
fosa, revivirá las horas inhumanas…
- Mercedes Quezada escuchaba a su hija con gran
atención. No parecía conmovida por esta letanía que
describía por adelantado el martirio de su hijo. Se
diría, al contrario, que ella le daba, coraje, fuerza.
Y cuando Olga, agotada, se calló, la madre se le
acercó, acarició sus cabellos con gesto lento y le
dijo, extrañamente serena:
- No temas, querida. No le harán nada.
Fue a sentarse a la cabecera del pequeño, que le
miraba ansiosamente, asustado por los rumores y los
ruidos que llegaban hasta él. La mirada de su madre
llegó hasta él, libre de toda inquietud. Ella le
habló. Cambió luego las vendas para refrescar la
herida abrasadora, poniendo en sus cuidados algo  más
grande y más bello que el propio amor maternal, algo
divino y terrible a la vez.
Mientras tanto, minuto a minuto, el sol circulaba
inexorable-mente  por su pálida ruta. Cuando el
crepúsculo mostró, a través de las ventanas, su rostro
melancólico, dijo con ternura conmovida:
- Es necesario dormir, pequeño. El doctor me  ha
dejado una medicina para ti. Voy a prepararla.
- Se levantó, y en una taza vertió la ampolla de
morfina toda entera. Pero antes de dar al niño el
brebaje mortal, una suprema debilidad la asaltó. Le
pareció ver una esperanza insensata. Atravesó la pieza
donde Olga, con la cabeza entre sus manos, permanecía
petrificada y entreabrió la puerta. El policía estaba
siempre allí, fumando. Entonces, Mercedes Quezada no
vaciló más. Volvió al cuarto del chico, se inclinó
sobre él, besó sus parpados con una extremada dulzura,
desgarrada, infinita y le ayudó a beber… Después,
indiferente, esperó la llegada de los de los
represores. 

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 7:35, Categoría: cuento
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sergio villegas, presente

Se quedó en el sueño nuestro querido colega Sergio Villegas. El poeta que en plena juventud publicó Bajo esta rueda silenciosa inmensa (1949), no ejerció su magisterio de profesor de castellano y se dedicó con alma y vida al periodismo. Fue fue director de la revista Vistazo y del diario El Siglo.

Su bondad, alegría, buen carácter, imaginación y gozoso sentido de la vida irradió en los que antes del golpe fuimos sus compañeros de trabajo y compartimos con él cada jornada en la sala de redacción. Este señor del periodismo tenía el don de concentrarse en su trabajo a tal punto que era ajeno e indiferente al fárrago de su entorno, así que lo proclamamos dueño de su nube propia. Sergio me dio el apoyo y el estímulo permanente para fundar y bautizar la primera sección cultural cotidiana del periodismo nacional:“No sólo de pan...”

Después del golpe de Estado de 1973, se exilia con su esposa Ana María Cabrolier, su compañera desde los días de la primera campaña de Salvador Allende. Se dedicó por entero a trabajar en Radio Berlín Internacional, en la entonces República Democrática Alemana. De los días terribles del golpe, queda su testimonio en El Estadio (Alemania, 1974) y Funeral vigilado. Al retornar a Chile se incorporó al equipo de la revista  Punto Final. Seguíamos esperando que otros libros se sumaran a sus mágicos relatos, reunidos en Historia de monos y de brujos (1991).

Le haremos la despedida final en la Casa del Escritor, Almirante Simpson 7.

Santiago,10.10.2005


 Referencia
Virginia Vidal.  "Sergio Villegas, presente ."  Anaquel Austral.  Ed.  Virginia Vidal.  Santiago de Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.  10 de Octubre de 2005.
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Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 7:25, Categoría: memorias
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12 de octubre....

12 DE OCTUBRE DE 1492: ¿DESCUBRIMIENTO O INVASIÓN?
Por ASUNCIÓN ONTIVEROS YULQUILA -
yulquila49@yahoo.com.ar Av. Remedios Escalada N° 425; B° 25 de Mayo; (4612) Palpala; Jujuy; Argentina.

EL PRESENTE DOCUMENTO ES INTERESANTE PARA EL MUNDO DE LOS DOCENTES DE LA ARGENTINA. ES MERITORIO QUE SUTEBA ESTÉ DEDICANDO TIEMPO Y ESPACIO PARA ANALIZAR Y REFLEXIONAR SOBRE EL 12 DE OCTUBRE DE 1492. EL SISTEMA EDUCATIVO DEBE CAMBIAR LA HISTORIA NEOCOLONIAL. TAMBIÉN COMUNICO QUE ASUNCIÓN ONTIVEROS YULQUILA, ESTARÁ EL PRÓXIMO 14 DE OCTUBRE, A PARTIR DE LAS 17:30 EN LA LEGISLATURA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES (PERÚ N° 160); OFRECERÁ LA CONFERENCIA "Pueblos Indios: Vigencia del Exterminio y Racismo en la Argentina". Organiza la Comición "Historia de Nosotros". Asunción Ontiveros Yulquila. DNI 5264397 M. Licenciado en comunicación social. Periodista kolla e investigador del mundo andino.

El documento en:

http://argentina.indymedia.org/news/2005/10/333815.php

http://escultormorasan.webcindario.com/ http://ceramicamaya.webcindario.com/

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 6:54, Categoría: web
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no retornable

NO RETORNABLE

(Nuevo número - Octubre)

Revista literaria de actualización mensual

donde las palabras se combinan con las imágenes



www.no-retornable.com.ar

contacto@no-retornable.com.ar

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 6:41, Categoría: web
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paua bonavita, argentina

CHE
Te quedaste cerca, hermano.
Donde la sonrisa
dibujaba su mejor oyuelo.
¡Ahora somos tan cobardes!
Nos asusta la lluvia, te aseguro.
Y vos    tan cerca, hermano.
Te llevaste a ese mundo
las banderas;
y nos dejaste los sueños,
                          sólo ellos.
(Paula Bonavita, de Impertinencias de mi mano lúcida)

Por lobitogabriel - 11 de Octubre, 2005, 6:18, Categoría: poesia
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